cuando la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren

Living Las Vegas

La noche prometía, tras 8 horas de autobús LA-LV, con el inexplicable frío que caracteriza a los autobuses de California, y tras la visita al Gran Cañón. La noche prometía porque estábamos cansados, pero estábamos en Las Vegas. Unas copas, igual demasiadas, unas fotos, y a vivir la noche americana.

A pesar de que algunos no eran lo "suficientemente mayores" como para pasar, pero sí para tener armas (bienvenido a USA), pasamos la noche, con más gloria que pena esta vez, de un lado a otro, de ciudad en ciudad, de casino en casino, en ese sitio que dicen que nunca duerme, en esa ciudad que es todas y ninguna a la vez, en esa que puedes imaginarte pero que en realidad no te esperas.

Al día siguiente, con una resaca importante y cámaras de foto en mano, nos pateamos de arriba a abajo Las Vegas, desde el cartel de bienvenida, con la foto de las fotos, hasta el mítico Flamingos, desde París a Nueva York, pasando por unas Torres Kio madrileñas desorientadas y como no, terminando con la espectacular puesta en escena de las aguas del Hotel Bellagio, que resultaron tener su colofón con una pedida de mano.

Y otra vez, de noche en Las Vegas, pero esta vez no estábamos tan solos, nos acompañaba mi conocido amigo, Jager! así que finalmente, Angela y yo, decidimos perdernos por una "fiesta", en la que no faltó gente rara que nos pidiera cosas raras, franceses pesados, "the hardest short" y apuestas en los casinos. 

Así tras dos dias míticos lo comprendí tod, no es que Las Vegas nunca duerma, es que sus noches son completamente diferentes a las del resto del mundo, tan grandes y fuertes, como un chupito de tequila.

















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