cuando la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren

Perdidos en la libertad

Eran las 6 de la mañana, y aun no habiamos dormido. Tras un viaje casi eterno, y unas cervezas accidentadas, nos disponiamos nosotros, esas personas, en ese momento y en ese instante, a coger un autobús hacia aquel sitio, tan conocido por todos y tan desconocido a la vez. 

Si  bien el viaje fue otra aventura más, en la que no faltaron fotos por el desierto, colores ocres mezclados con el azul cian característico del cielo de Arizona, aire acondicionado a 0 grados centígrados (ni frio ni calor), fotos haciendo autostop y autobuses averiados en medio de la nada que desembocaban en otros dignos de un safari en África, conseguimos llegar. 

Y allí estaba, impasible al tiempo, inmenso, tranquilo, sereno, desafiando a la distancia, retando a las alturas, que se desdibujaban como cuchillos afilados en tono rojo, rojo carmín, rojo pasión, rojo de as de corazones y por qué no, rojo libertad...El Gran Cañón del Colorado. Allí estaba, como esa anciana que se niega a abandonar la vida, que se agarra a ella, diciendo firmemente: sí, aquí estoy yo, sobreviviendo a vuestras guerras, a vuestras hambres, a vuestras epidemias, a vuestros más mundanos fracasos, derrotas y desengaños; aquí estoy yo, mientras vosotros, humanos, os empeñáis en acrecentar las desigualdades, mientras agacháis la cabeza en busca de monedas, mientras desesperais por un papel que no es más que dinero, mientras basáis vuestras vidas en tristes rutinas. 

Y era verdad, allí estaba, con su arquitectura natural, para hacernos sentir a cada uno de nosotros pequeños, minúsculos, casi invisibles al ojo de este gran mundo. Para hacernos saber, que no hay más belleza que la de saber mirar con ojos inocentes, que no hay más fortuna que la de descubrir nuevos lugares. Para hacernos sentir vulnerables, un grano de arena en el desierto, que algún día volará a través del aire cálido. Para hacernos ser realmente felices, perdidos en la libertad, en el más puro y existencial sentido de la palabra.